Era agua-marina.
El objeto que le servía para ganarse la vida.
Jugueteaba entre sus manos, recorría sus brazos, volaba alto, en un increíble y fugaz acto, que dura los segundos, del cambio de las luces del semáforo.
Hablaba del amor, como si le doliera.
Reconocía, las rutas de Suramérica
No olvidaba los paisajes de su natal Venezuela
Se alimentaba de hip hop
Y odiaba el rock.
Descansaba en las aceras,
Mientras contaba sus monedas.
Mientras se preguntaba que haría mañana para sorprender, a los espectadores, con sus malabares llenos de emociones; a la espera, de que su esfera, jamás lo obligará a cambiar de itinerario, que las horas del día no lo llevaran a cambiar de escenario.
Su piel oscura, se poso a mi lado.
Su voz, era una mezcla de dialectos impregnados, como resultado de sus viajes improvisados.
Su corazón concebía al amor como costumbre, a las mujeres como madres y compañeras, a los hijos, a su hijo como el motor de su existencia.
A los amores perdidos, como dolores, intermitentes, que duermen, a la espera de que algún recuerdo los despierte.
A los recuerdos, como historias acumuladas que se guardan en lo profundo del alma, como pequeños libros que se guardan bajo llave, y preferiblemente, nunca más se abren.
A lo que somos, lo definía como lo aprendido; Lo que nos enseñaron sin consultárnoslo, lo que nos inculcaron, la experiencia de la cual somos resultado.
A los errores, mis errores, no les tenía nombre, pero si medicina; olvidar todo lo que me enseñaron durante todos estos años, y aprender por mí misma, lo que necesito para enfrentar la vida.
"Algún día, estarás lista, para encontrar a alguien que merezca, levantarse todos los días, al lado de esa hermosa sonrisa".
domingo, 7 de febrero de 2010
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